El original de Laura, de Nabokov

Ahora dicen que sí, que la última novela de Nabokov ya no será destruída sino que verá la luz. Pero de lento y sombrío que ha sido el proceso, voy a inventarme una historia que pudiera ser perfectamente la explicación a este dilema. Cualquier parecido con la realidad, o con la prosa de Woody, será dudosa casualidad:
'Al hijo de Nabokov le gustaba aparentar en el patio del colegio que había heredado la vena artística de su padre, por eso a veces se ponía a redactar sendos ensayos sobre el uso beneficioso de la ingesta de kvas (Naranja o Limón) a temprana edad. Muchas veces tal labor se veía interrumpida al aparecer sus compañeros, que, riéndose desdeñosamente de él, le zarandeaban de un lado a otro:
"Déjate de rollos Nabucodonosorcito, y ven a jugar a las canicas con tus camaradas".
Al pequeño Dmitri le daba mucha rabia que le llamasen Nabucodonosorcito, principalmente porque en historia babilónica no estaba muy puesto. Entonces, arrastrado por aquella horda de niños que le lanzaban improperios, y mientras le daba vueltas a sus distintas posibilidades semánticas, hacía una bola de aquellos escritos o hasta los rompía con rabia, negando para siempre a la humanidad de esa información que ahora nunca conocerá.
Pensaba que la vida era injusta con él, y por eso empezó a robarle tarjetitas a su padre, esas que se pasaba todo el día escribiendo, y que, al fin y al cabo, no echaría en falta, pues tenía a porrillo. Tenía tantas tarjetas que, a veces, los grandes montones se caían al suelo vencidas por el peso. Cuando ocurría esto, le pedían a su wagneriana ama de llaves que las recogiera, y a ella no le debía hacer mucha gracia, porque se ponía a farfullar cosas en ucraniano mientras se agachaba para recogerlas sin el menor cuidado, barajándolas incluso para fastidiar a su amo. Fue en una de estas ocasiones cuando al atormentado niño se le ocurrió hacerse con algunas que habían caído lejos y esconderlas cuidadosamente en sus calcetines de talle alto.
El éxito de las tarjetas entre sus compañeros pronto se hizo notorio. Los niños se rifaban por leer aquellas tarjetas que describían a flamantes mozas. Dmitri había descubierto una forma más eficaz de destacar entre los demás, y le moló.
Pero un día el Sr. Nabokov se fijó en el extraño uniforme escolar que portaba su hijo, falto de buen gusto, a lo que inquirió:
"Vaya pinta que llevas, hijo"
"Estoo... son espinilleras... ¡quiero jugar a futbol papá!"
El sopapo que ese día el Sr. Nabokov soltó a su vástago fue tremendo, no sólo porque mientras éste sacaba tarjetas de los calcetines y las agitaba en el aire descubría la faceta ladrona del chaval, sino por estar desarrollando un deshonroso gusto por los deportes occidentales.
Han pasado muchos años y Dmitri es hoy un hombre respetable que maneja los asuntos de la familia y ejerce de portavoz. Pero cada vez que piensa en entregar las últimas tarjetas de su padre al mundo, una sensación de poder le embriaga y se retrae, diciéndose:
"Dejádmelas un poquito más de tiempo..." '


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