Cosas que hacer en Donosti cuando estás muerto
Ay, qué mal. He dejado de ir a la carnicería del barrio.
Al principio eran los gatitos dorados que decoran el negocio. Si, esos que venden los chinos y que deben venir con la pila más alcalina del mundo o un sistema de péndulo infalible, porque han pasado ya unos cuantos meses y los condenados no paran de agitar el brazo. A veces he querido enfrentarme a ellos, queriendo comprobar que son plásticos sin vida, y les miraba de frente, uno por uno, esperando encontrar alguna baja, un sólo gato débil con el brazo caído o estropeado que desentonase con el resto de su ejército... pero nada oye, no desiste ninguno. Creo que puedes coger uno, tirarlo al suelo y patearlo, que seguirá agitando el brazo. Pero si los gatos de bazar chino me ponían nerviosa (de hecho, creo que podría hacerse el remake de los Gremlins con estas figuritas), imaginaos el horror total al conocer al carnicero de tarde: nada más y nada menos que el clon euskaldun de Steve Buscemi. Petrificada, ahí estaba ante nuestro Steve: él, machete en mano y rodeado de la manada de gatos, preguntándome cómo quería el fileteado... y yo, buscando la puerta para salir (de espaldas y despacito) cuando tuviese la mercancía en la bolsa.
Tras semejante momento, ahora sé que no puedo volver a la Carnicería Bates. Y también es verdad que no debería ir a ver las pelis de la Semana de Cine Fantástico y de Terror.
Al principio eran los gatitos dorados que decoran el negocio. Si, esos que venden los chinos y que deben venir con la pila más alcalina del mundo o un sistema de péndulo infalible, porque han pasado ya unos cuantos meses y los condenados no paran de agitar el brazo. A veces he querido enfrentarme a ellos, queriendo comprobar que son plásticos sin vida, y les miraba de frente, uno por uno, esperando encontrar alguna baja, un sólo gato débil con el brazo caído o estropeado que desentonase con el resto de su ejército... pero nada oye, no desiste ninguno. Creo que puedes coger uno, tirarlo al suelo y patearlo, que seguirá agitando el brazo. Pero si los gatos de bazar chino me ponían nerviosa (de hecho, creo que podría hacerse el remake de los Gremlins con estas figuritas), imaginaos el horror total al conocer al carnicero de tarde: nada más y nada menos que el clon euskaldun de Steve Buscemi. Petrificada, ahí estaba ante nuestro Steve: él, machete en mano y rodeado de la manada de gatos, preguntándome cómo quería el fileteado... y yo, buscando la puerta para salir (de espaldas y despacito) cuando tuviese la mercancía en la bolsa.
Tras semejante momento, ahora sé que no puedo volver a la Carnicería Bates. Y también es verdad que no debería ir a ver las pelis de la Semana de Cine Fantástico y de Terror.
Etiquetas: Diversia
2 Comentarios:
Vas a tener que dar más datos. ¡Queremos conocerle!
:) no quiero espantarle la clientela, pobre Steve..
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